<Miércoles, 28 de abril 2010


PROHIBIDO DUCHARME

Hoy me he levantado nervioso para saber si la Trabajadora Social Silvia me dejaría bañarme. Ayer, después de habérmelo Prohibido, no quise empeorar las cosas y por la tarde no quise volver por el Centro de Día.

Esta mañana estuve de cháchara esperando a que abriesen Café y Calor, pensando simplemente en la conversación tan absurda que tendría que tener con quien le tocase estar hoy de Encargado de Lavandería, donde aparte de tener que darle la razón a Silvia, querer que les oyera explicar sus motivos, que entendiese sus porqués y finalmente, tener que pedirles «perdón», como hacen todos los demás. Con sus funciones rotatorias, hoy a Silvia le tocaba estar de Encargada del Servicio de Cocina, pero cuando me vio entrar por la entrada, se levantó de su mesa para recordarme escuetamente que “no me podía bañar”. Además de informar a Alejandra, que hoy fue a quien le tocó estar de Encargada de la Sala de Lavandería, “que no me dejase bañar por que estaba sancionado”. Tras esto, volvió a sentar su culo en su puesto de trabajo, satisfecha por su labor, mirando de reojo mi reacción y mientras me sonreía.

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Me dejó con la boca abierta, mientras esperaba la reacción de Alejandra a lo dicho por Silvia. Me quedé tan flipao mirando para Alejandra, que a lo mejor pensó que intentaba convencerla para que intermediase para poder ducharme, pero en mis cálculos no estaba contemplado semejante posibilidad. No me quedé pensando en la prohibición, si no en los porqués. No veo nada educativo en su forma de actuar conmigo, pero si puedo explicar el sentimiento que me prococó su conducta. Lo lógico sería justificarme con el motivo que tuve para no entrar a bañarme, nada más y nada menos, que para ir a una entrevista laboral, pero no hacia falta, ya lo sabían y no les interesaba. Intenté pensar en los motivos por los que no querría dejarme que me bañase y solo me vino a la cabeza mi teoría sobre su falsa seguridad personal, fruto de momentos como este, imponiéndose a otras personas por tener las llaves de las puertas, tras las que se encuentran las cosas que los «dependientes» necesitamos.

Todavia con la boca abierta, respiré hondo e intenté que me explicase su criterio, pero “¡no!” y mientras intentaba hablarlo, fui consciente que están acostumbrados a que nos dirijamos a ellos por circunstancias como esta, por su forma de decirme sus “¡no!”. Su actitud demostraba apariencia de dialogo, pero sin terminar las frases, me cortaba para que le oyese su “¡no!”. Finalmente, se me escapó decirle que «no me conocía, que no sabía como soy ” y se rió diciéndome su “¡no!”. Le dije «que iba a hablar con su Jefe» y se rió cuando me susurraba su “¡no!”. Le dije «que iba a ir al Ayuntamiento a ponerle una queja» y se rió con su último “¡no!”. Me fui a la Lavandería por no estar en la Sala de Lectura y cuando entré, Alejandra me meneaba su cabecita, con una sonrisa, susurrándome un “¡no!”. Por un momento iba a explicarle que no intentaba eludir el «castigo», pero al pensar en decírselo, me di cuenta que no solo no era necesario, si no que ella también me estaba repitiendo el «¡no!».

Me ha hervido la sangre. Me he arrancado desde la Lavandería a la puerta y antes de salir, les he dicho a donde iba a ir, directo a la Fundación Municipal de Servicios Sociales para que se rieran. Se rieron y me fui decidido, sin tiempo para contestar “¿que me había pasado?”, a los curiosos que me preguntaron en la calle. Anduve como si me llevaran los demonios en busca de la comprensión de Don Julio y compañía, hasta que llegué a la plaza del Humedal. Allí estaban, «buscándose la vida» entre los viandantes para conseguir otro cartón de vino. Me senté con ellos y me hicieron sentir parte del grupo, escuchando mi relato de la segunda parte de ayer y ofreciéndome un trago de vino de tetrabrik a las 10:35. Tras desahogarme un poco, no esperé a escuchar sus opiniones, no quería perder mi enfado con ellos y crucé la calle Magnus Blikstad, en la búsqueda de explicaciones de quien tuviese competencias para dármelas.

Hasta que me vi en la puerta del edificio de la Gota de Leche, antiguo Instituto de Puericultura, reformada como sede de la Concejalía de Bienestar Social y Participación Ciudadana, Me dio vergüenza tener que entrar y dar explicaciones a un desconocido del motivo de mi indignación, que vete tú a saber que pensaría de mi. Tan enfadado estaba que conseguí desinhibirse y entré exigiéndole a la Conserje del edificio que “quería hablar con el responsable del Centro Municipal Encuentro y Acogida”. No se que pensaría la Conserje, con mi breve exposición del motivo de mi presencia delante de ella, pero llamó por teléfono y bajó a atenderme Antonio, Psicólogo y el Director del Centro Municipal Encuentro y Acogida.

Me invitó a subir al primer piso y para que no nos molestasen entramos en una Sala de Reuniones. Como no sabia por donde empezar, esperé intuitivamente a que fuera él quien me ilustrase de como mantener una entrevista semejante, hasta que contestándole me arranqué a hablar.

Empecé justificándome. Comencé por «la denuncia de mi madre, le reconocí que estaba solo en el mundo y le aseguré que siempre había estado solo». Mientras buscaba las palabras adecuadas para explicar mi situación personal, me di cuenta que se estaba desvaneciendo el interés de mi interlocutor, reconduciendo mi discurso al objeto de mi visita y centrándome en la sanción de “no poder usar las duchas, ayer y hoy”. De la sanción, no me enteré de los motivos, mas allá de «la insolidaridad entre mis compañeros», que evidentemente no son los suyos. Antonio, como no podía ser de otra manera cuando se trata de Funcionarios, corporizaba sus respuestas, antes incluso de preguntarle. Como no tenía argumentos para justificarme semejante despropósito, la conversación se disipó a otros intereses que le interesaban a él, donde intenté ser lo mas constructivo que pude. Me encontraba tan nervioso, que en todo le fui franco.

«Sus Servicios Sociales, afirman tener un presupuesto reducido, en lo que denominan como “situación de Emergencia”, que esos recursos debieran de ser bien utilizados hacia sus destinatarios y no hacia los empleados. La Crisis, los aumentos del Presupuesto o los anunciados incrementos de usuarios, no ha supuesto ningún cambio sustancial en este Centro Municipal, que se resume en el mismo servicio, en el mismo horario o el mismo numero de usuarios en un Centro con capacidad máxima para 42 personas. Que los empleados públicos ocupen cuatro sillones, solo sirve para que no puedan entrar cuatro «transeúntes» más, ya que debido a la corta duración de su jornada partida, se ampliaría gratuitamente el aforo si se pusieran de pie, quedándoles su Despacho para sus necesidades profesionales. El servicio que nos prestan, que en el fondo debería de devolver a los «transeúntes» el rango de personas, ha sido desviado a la relación “trabajadores y usuarios”, en palabras de uno de sus empleados, que explica cual es el trato que recibimos. El hecho de que no hayan sido capaces de mantener un trato humano, con los que a estas alturas de su vida formamos parte de ellas, significa que son ajenos a nosotros, con la obviedad de ver como se nos dirigen, las confianzas y la amistad que nos procesan.»

Con esta verborrea conseguí captar su atención. desconocidoUn ejemplo que le puse, después de mencionarle «el excesivo agradecimiento» que les procesan algunos «usuarios», lo cúal contrasta con la inexistencia de un saludo cordial, ni besos, ni abrazos, ni confianzas, «salvo las que les hagan sentir bien a ellos». Antonio me cuestionó mi afirmación y llegados a este punto, lo tuve que vacilar “invitándole a comprobar cuál es el servicio o las quejas y no como en la actualidad que ningún usuario lo conoce”. Antonio me sonrió.

Le pregunté “¿cual de los Trabajadores Sociales era el Director del Centro de Día?” y ratificó lo que me dijo Alejandra. La problemática que roten en los tres puestos; Sala, Cocina y Lavandería, es que la labor de sus subordinados es tan presencial, que la anarquista solución del Director, seguramente para que sus niños no se peleasen entre ellos, fue no poner Jefe para evitar problemas. Le hablé de mi problemática con Xosé, que «le gusta ser el gallo del gallinero y al que intento evitar, mientras Alejandra y Silvia solo parece que quisieran equipararse a los malos hábitos del macho del gallinero». Le seguí explicando que «si él hubiese reñido con alguno de ellos, ninguno intermediaria, ni le quitaría la razón a su compañero, teniéndo que resolverlo con ese Trabajador Social en todos sus Servicios», mientras Antonio seguía escuchandome atentamente.

Le expliqué el día que me negaron una silla para Casilda para que pudiera fumar sentada en la Sala de fumadores. Antonio se acogió a la tesis de Alejandra que «si se metiera una silla para Casilda, todos querrían fumar sentados». Ante su tesis, se lo comparé con los sitios reservados para personas con movilidad reducida en EMTUSA. Antonio me sonrió como si mi comparación fuera demagogia. Le describí la escena, mujer de 70 años, caminando ayudada con dos muletas, viene andando para hacer uso del Centro de Día, espera en la calle a que abra, no hay donde sentarse y se acaba sentando con dificultad en el bordillo de la acera. Antonio no entendía a donde quería llegar y comprendí que ahora si había sido demagógico por que solo se podría solucionar colocando un banco. Le relaté la expulsión de Victor y el proceder de Luis queriendo inmovilizarle teniendo un brazo escayolado. Antonio me cuestionó que defendiera a un «usuario» que había agredido al Vigilante. Sorprendido me quedé con la versión que le contaron sobre lo sucedido. Le comenté el análisis de Alejandra sobre la caida de Celedonia, sin importarle las consecuancias de vivir en la calle con un brazo escayolado o el perjucio que pudiera sufrir el Ayuntamiento, en caso que Celestonia hubiera denunciado lo ocurrido. Antonio me confirmó que Alejandra no tenía que fregar. Le comenté la escena grotesca de Roque limpiando el café derramado y Antonio justificó que Silvia había actuado correctamente. Le hablé de lo vergonzoso que me resulta verlos sentados riéndose sobre las ridículas situaciones que ocurren diariamente y de lo indigno que me parece lo poco que he ido conociendo, donde lo único digno del Centro de Día deben de ser sus sueldos y por fin conseguí que Antonio se riese. La entrevista no estaba sirviendo para solucionar el problema para el cuál me personé y me estresó oir al Director decirme finalmente que, «deberíamos de estar contentos por ellos, que han conseguido la estabilidad laboral que todos ansiamos». Con semejante contestación sindicalista dentro de la Administración Local a mis problemas vitales, quise probar otra vía.

Como la conversación estaba así de distendida por las dos partes, le amenacé con denunciarle a la CNT, el histórico sindicato anarquista, que considero que deben de ser los únicos que les pueda interesar los problemas que tengamos los «transeúntes». Con su contestación me quedé como un tonto oyendo que le van a comprar una piruleta. Antonio está afiliado a la CNT. Esto explica que no haya «Jefe» y que la compresión de Antonio con sus «subordinados», haya llegado a que se hayan aprovechado de él y que llorando, llorando, hayan llegado a convertirse en los pequeños dictadores que son. Ahora entendía, que me hubiera afirmado satisfecho que «la Policía, no tenía permiso para entrar dentro del Centro de Día», como si los delicuentes que frecuentan Café y Calor, fuesen subversivos en lucha por un mundo mejor, cuando le hablé de todas la intervenciones policiales que se están produciendo en el Centro de Día. Con mi ultimátum sobre la mesa, se esfumó el ambiente creado y acabamos despidiéndonos. Cuando salí, me fui a dar novedades a la panda del Humedal, pero estaban liados discutiendo por «¿quien había bebido mas vino?», que les dejé tranquilos con sus preocupaciones.

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Luego, en la cola de la Cocina Económica, para rematarme, Pepón me ha repetido que «hoy se me había acabado el Vale”. Hablando con Antonio se me olvidó por completo pasarme a por el “Vale de comidas”. Oirle, me estresó tanto, que cuando volví a levantar la cabeza, Pepón tenía extendida su mano sosteniendo el papelito y sonriéndome. Le he devuelto la sonrisa agradecido, pero me ha quedado una sensación que he procurado evitar. La sensación de estar abusando de él, en algo trivial como es este puto tramite semanal. No sé de que coño le sirve todo el Trabajo Social si sigo empadronado en la casa de mi Victima, si solo me vale para estresarme yendo hasta la puta avenida de la Constitución, para tener que aguantar a todos los putos idiotas que estén esperando en la puta cola y luego aguantar a otra puta Trabajadora Social que no me ayuda en nada. Estuve tentado a desahogarme contándole a Pepón lo que me pasó en el Centro de Día, pero ¿para que? 


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