DÍA 17
Esta tarde conocí en el patio a Cebrian, un drogadicto de mi misma quinta y por lo que me estuvo contando, «de una buena familia de Oviedo». Se sentó conmigo con el pretexto de que «mi cara le sonaba». A mi también me suena la suya y conversando, al final no conseguimos concretar de que podríamos conocernos. Ello dio pie a que le interrogase, primeramente sobre el Director y como conseguir que reconsiderase su decisión de no «renovarme». Primeramente me habló de Marcos en términos comparables al Excelentísimo Señor Director General y acabó aconsejándome que lo hablase con él de una forma tal, que me recordó al vasallaje de la Edad Media. Le pregunté las posibilidades para protestar ante el Ayuntamiento de Oviedo, sobre que a un ovetense, empadronado en Oviedo, no le «renovasen» en el Albergue Municipal y Cebrián me aconsejó enfáticamente que no lo hiciera porque no sirve de nada y hay represalias, contándome una surrealista historia que le pasó hace unos meses. Todavía estoy intentando asimilar lo que me estuvo contando, desde el punto de vista de un drogadicto que quiere que le den facilidades para poder seguir drogándonse. Y en definitivas cuentas, me vino a decir lo mismo que me dijo Amadeu, “que lo que voy a ir comprobando no me va a gustar nada”, con la diferencia que Cebrian es un drogadicto que se ha acomodado al Albergue de San Lázaro. Yo solo quiero que en el Albergue me ayuden a encontrar un trabajo.
La conversación me estaba resultando muy instructiva, hasta que se volvió incomoda cuándo Cebrian quiso concretar, que si no había caído en las drogas y si no me gusta especialmente el alcohol, “¿qué hago en el Albergue?”, “¿dónde están mis padres?”, “¿dónde está mi familia?”, “¿no tienes amigos?”, “¿no tienes a nadie?”. Las 5 preguntas las podría haber contestado diciéndole, «las consecuencias del paro», “están muertos”, “nunca me he llevado bien con ellos”, “siempre he estado de aquí para allá” y la quinta contestarla con un simple “no”, y en ninguna de las 5 respuestas estaría especialmente mintiendo.
Con la experiencia de haber intentado ocultar mi triste pasado en Canarias, en Oviedo se hace muy difícil. En Canarias lo achacaba a la distancia, pero en Asturias, presumiendo de ser asturiano, resulta imposible sin mentir y a mi no me gusta aparentar lo que no soy, ni nunca seré. La dificultad viene dada, cuándo desde niño nunca fui consciente de mis limitaciones, mas allá de encontrarme solo y soñar con tener amigos, hermanos o abuelos, igual que los demás niños. Habiendo tenido esta limitación, debería de servirme para sentirme orgulloso por la dificultad de haber conseguido mis escasos logros, pero ni lo siento, ni nunca estaré tan orgulloso cómo aquellos que proclaman sus logros, omitiendo haber sido recomendados en su día por familiares o conocidos. Para evitar mas reproches como los de Kerem y para contestar sus 5 preguntas a la vez, le mencioné dos películas que Cebrian ha visto y que yo vi poco antes de regresar como un fracasado a nuestra tierra.
En “Oviedo Express” (2007), su argumento trata de un grupo de cómicos que vienen al Teatro Campoamor, con una versión moderna de la obra «La Regenta» de Leopoldo Alas “Clarín” y por lo se conoce a la ciudad de Oviedo como Vetusta. Para escenificar las habladurías de los vecinos, en el escenario aparecen de atrezo unos ojos y labios gigantes de cartón, cómo un fiel reflejo de las murmuraciones de las capitales de provincias.
En «La torre de Suso» (2.007), narra el reencuentro del protagonista con sus familiares y amigos en un funeral. En esta película se cuenta la historia de un asturiano que regresa de Argentina trascurridos diez años, intentando aparentar que allí todo le va bien y con la intención de regresar a Argentina discretamente.
Dos películas con las que en Canarias me preparé para afrontar mis miedos. Costó mentalizarme, costó afrontarlos, pero volví con la ilusión de vencerlos, hasta que la verdad me ha cortado las alas. A Cebrian le conté lo que mas me había llamado la atención de estas películas y mas me sentí identificado. Yo no he leído «La Regenta», pero cuando en la película ponen en el escenario aquellos ojos y bocas tan grandes, identificaba perfectamente mi problema, tanto que desde entonces para mentalizarme me decía que los ojos y las bocas son de cartón. En cuanto a «La torre de Suso», su familia es geometricamente inversa a la mía, aunque en su día sirvió para que un amigo me aconsejase que a mi regreso, les fuese a ver y les pidiese ayuda.

Con Cebrian hice un ejercicio de sinceridad a lo bestia, después de todo lo que estuve meditando sobre mi historia el fin de semana pasado. Podría haber intentado mentir, pero cuando en vez de un drogadicto, sea una persona normal quién me haga estas 5 preguntas, mentir sería como construir en lodo. Según fuese edificando la casa, se iría tambaleando y llegado el momento, sería inevitable que se notase la mentira y si no cayese por su propio peso, alguien simplemente por reírse descubriese la verdad, provocando que la casa acabase por los suelos. Como no me gusta ni remotamente la idea de empezar a construir nada que solo sirva para sumar mas desgracia a mi propia desgracia, le continué contestado con toda mi verdad, pero justificándome abstractamente, algo que en Canarias no tenia que hacer. He observado su reacción a todo el preludio que tiene mi nueva vida. Según terminé de contárselo todo, Cebrian no entendía nada. Se podría decir que le ha importado una mierda mi verdad y seguramente a mi, la suya, si le hubiera dejado contármela.
Inicio del Tomo I de «La Regenta» (1.884), de Leopoldo Alas «Clarín»
“La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, colillasy papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en el lejano siglo, hacia la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica”.