<Viernes, 23 de abril 2.010


NUNCA LO HABIA VISTO

El trato despótico e inhumano, con el que los Trabajadores Sociales del Centro de Día se relacionan con sus «usuarios», podían ahorrarme de vérselo y seguro que no me pasaría nada. En las semanas que llevo parando dentro, he visto comportamientos dudosos entre las personas que estudiaron en la Universidad, quisieron hacer unas Oposiciones y hoy en día todos les felicitamos por la Vocación que les impulso a querer trabajar de ello. Varias veces he sido testigo de cierta falta de ética en estos Trabajadores Sociales, como fue la «expulsión» de Victor, pero lo de hoy me ha tocado la fibra y me hace cuestionar su “profesionalidad”.

Esta tarde, mientras tomaba un cafetillo con Mohamed, se sentó Roque con nosotros. Roque es un gallego de 30 años, medirá 1´80 m y pesará 50 kg. La silueta de Roque parece sacada de una postal para evitar el rechazo a enfermos de SIDA. Campañas de sensibilización que empiezan con sus protagonistas tristes y acaban siendo abrazados por sus Trabajadores Sociales, igualito que pasa en el Centro de Día. Imágenes, contra las que hoy me resulta difícil encontrar en mil palabras, la forma para poder contar lo sucedido.

Cuando Roque se sentó en nuestra mesa y empezó a hablarnos sin conocernos de nada, me decepcionó ver como terminaba mi conversación sobre cultura árabe con Mohamed. En ese momento, la conversación se torció hacia sus patologías, sus tratamientos médicos, sus últimas experiencias en los Hospitales y el mal trato que considera que le dieron en la Oficina de Información al Transeúnte, cuando anteayer le negaron el «Vale de cama». Con este cambio de tercio, me hizo gracia comprobar que a Mohamed le hace feliz, conocer y hablar con cualquier español. Es como si Mohamed se creyerá que en España, le van a dar la nacionalidad por la buena opinión que algunos podamos tener de él, incluido alguien como Roque o yo mismo.

El panorama se encontraba así, hasta que Roque se esforzó por levantarse de su silla e irse a hacer la cola en la máquina dispensadora. Cuando ya había sacado el cafetillo, fue a la Cocina a terminar de prepararse la merienda, cogiendo un paquetito de galletas, una servilleta y dándole un codazo al cafetillo que hacia unos segundos había posado. El cafetillo se derramó por la meseta, bajó por el frontal del mueble, entró dentro de los cajones y así hasta que empezó a formarse un charquito en el suelo.

La Sala de Lectura entera se silenció y se resignó al ver lo que acababa de ocurrir. Roque miró de reojo hacia la mesa de los Trabajadores Sociales, viendo como Silvia se abalanzaba sobre él como una Ama de Casa ofendida. La Sala ya había vuelto a su aburrida rutina, cuando Roque empezó a justificar su torpeza ante Silvia, quien aburridamente le indicó que “lo limpiase», advirtiéndole de que «podía ser expulsado» y dándole a entender que tenia toda la tarde para vérselo limpiar. Con lo nervioso que se puso Roque, no debió de entender cual fue la indicación que acababa de recibir, pues parecía que Roque se sentía mal consigo mismo, creyéndose que su desastre lo iba a limpiar Silvia. Este malentendido le duro poco tiempo, el tiempo que Silvia tardó en repetirle que “lo limpiara”. Por un momento, Roque se alegró creyendo que no iba a molestar a la Trabajadora Social haciendo que limpiase lo que él había ensuciado, pero su error le duró poco, el tiempo que tardó en darse cuenta que Silvia pretendía que lo limpiara él, sin tener en cuenta su deplorable estado de salud. Serenamente, Roque observó el cafetillo derramado por la meseta hasta que se le escapó un suspiro, en el momento que vio las consecuencias del derrame en el frontal del mueble y mientras Silvia abría todos los cajones para comprobar el alcance del desastre.

Roque mostraba síntomas de dolor en su rostro, que fueron más evidentes mientras permaneció de pie, hasta que finalmente sus facciones terminaron por descomponerse, cuando comprendió que iba a tener que agacharse a limpiar la parte de abajo del armario. Aunque Roque fue consecuente con sus actos, en ningún momento quiso eludir su responsabilidad y no buscó ninguna escusa para evitar tener que limpiarlo, a mi entender, la actitud que adquirió Silvia fue ridícula.

Roque empezó limpiando el derrame encima de la meseta, hasta que se lió con el rollo de papel de cocina, al ponerse nervioso por la mirada desafiante de Silvia, quien se mantuvo enfrente de él con los brazos cruzados. El enfado de Silvia duró poco tiempo, tanto como el tiempo que tardó en girarse a mirar hacia la mesa de sus compañeros y sonreírles, mientras que Alejandra y Luis, contemplaban la que iba a ser la próxima conversación que iban a tener en su mesa, cuando Silvia terminase de hacer su trabajo. Su figura limpiando, dejaba en secundaria la propia importancia que se dan los Trabajadores Sociales cuando nos avisan, nos advierten y les «expulsan».

Cuando Roque terminó de limpiar la meseta, Silvia le ordenó que “limpiara las puertas y los cajones”. Roque suspiró amargamente pensando en tener que agacharse y Silvia, absurdamente, se situó pegada a la cocina para poder verlo mejor cuando empezase. El «usuario» «con movilidad reducida» limpiaba, mientras la Trabajadora Social lo miraba “profesionalmente”. Roque tuvo que pensárselo para agacharse y limpiar el tercer cajón, mientras Silvia mirándolo de reojo esperaba que empezara. Que estúpido me pareció el proceder de Silvia, cerciorándose en la imposición de su autoridad a un enfermo, al que le obligaba a realizar un esfuerzo superior al que podía desarrollar. Por ultimo, Roque miró a Silvia esperando que no le obligase a limpiar el cuarto cajón, pero Silvia le animó “a limpiar el último”. Roque estuvo a punto de llorar. Estuve a punto de levantarme y limpíarselo yo, pero no me atreví a desautorizar en público a una Trabajadora Social. Me pareció despreciable la aptitud de Silvia.

Me resultó inconcebible que en un Centro de Día, perteneciente a los Servicios Sociales, específicamente creado para personas como Roque, con «personal titulado» y “altamente cualificado”, haya sido la escena más despótica e inhumana que he presenciado en toda mi vida. La escena sin aclarar más, me puso los pelos de punta.

No me importa necesariamente saber el motivo por el que Roque tenía sus capacidades motrices mermadas, tampoco creo que nadie fuese capaz de decirme el motivo exacto por el que Roque estuviese así en el día de hoy. Nadie puede negar la evidencia de que está enfermo y hay más que evidencias de que sea terminal, debe de estar fuertemente medicado con los medicamentos más potentes y su forma de vida estuvo y quizás siga asociada al consumo de drogas. Será por los síntomas de sus enfermedades, será por el estado que le dejan sus medicamentos, será por las consecuencias de que estuviese drogado hasta las trancas, o probablemente, fuese por estos tres motivos a la vez. Me ha resultado denigrante presenciar lo visto hoy, en algo tan nimio, tan superficial y tan doméstico, como es derramar un café.

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