<Sábado, 24 de abril 2010


DE TURISMO

Después de varias veces, sin que yo se lo llegase a pedir y que nunca concretase cuando, que Ginés me ofreciese llevarme a visitar el «chupano» donde vive, que hoy en el Albergue, me hizo mucha ilusión que Inma me haya invitado a que “la acompañase a visitar a la Conchi”, que es la “propietaria” del «chupano» y quien le ha alquilado a Ginés una de sus habitaciones. Con Inma no he fingido y le he confesado “la ilusión que me hacía conocerlo”, ahora y mientras duré la oportunidad de poder visitar un «chupano», mientras ella me ha despreciando el sitio restadole importancia.

Cuando cruzabamos el parque Europa, Inma me señaló el edifico del que se trataba y me sorprendió por su emplazamiento de lujo y la entrada que tiene tan discreta. El edificio es posiblemente de principios del siglo XX, del cuál no entiendo como no se ha procedido a su rehabilitación por su incuestionable valor histórico, de un Gijón del que ya nadie se acuerda, entre varios edificios nobles de su misma época. Es una construcción cuadricular que alberga nueve portales y aparentemente en ninguno de todos ellos vive nadie mas, aunque en sus bajos se alojan varios negocios que todavía mantienen sus puertas abiertas. El “chupano” está situado entre el parque Europa y el parque Begoña, por tanto, está ubicado en la zona más céntrica de todo Gijón. La entrada corresponde a un portal de la calle Pelayo, que es la prolongación de la calle de los Moros a partir de la plaza Seis de Agosto. Casi nadie transita por esta calle secundaria que muere, contra el edificio de la Delegación de Hacienda.

Cuando llegamos al portal, Inma me explicó que los «moradores» habían decidido “cerrar la puerta para evitar que los yonkys entrasen” y sacó su móvil para hacer una llamada perdida a Conchi, señal pactada para que bajasen a abrirnos. Después de varias llamadas perdidas sin éxito, Inma se desesperó y se puso a llamarla a voces, que fue entonces cuando desde el 1º piso se asomó Ginés y le pidió “un poco más de discreción”, a lo que Inma siguió gritando, esta vez para echarle en cara que no hubieran cogido el teléfono.

Aunque en aquel momento no pasaba nadie, casi me muero de la vergüenza, esperando en la calle a que nos abriesen el portal de un edifico abandonado y cuando Ginés nos abrió, entré llevándome por delante a Inma, mientras Ginés cerraba la puerta detras de mi. Una vez dentro, Inma y Ginés subieron hablando de sus cosas y yo con más calma, disfruté de los detalles del interior del portal y sus defectos por el paso del tiempo. El rellano dispone de una antesala que termina en la caja de la escalera. El primer tramo de las escalones está hecho de baldosas dibujadas con virguerías, hasta la primera esquina, donde empiezan a ser los escalones de madera, acompoñándolos un pasamanos con sencillos rizos de forja. Cuando subimos nos tropezamos con Marinela, la rumana de 30 años que va por el Centro de Día, con unos vestidos que quitan el hipo y te echa unas miradas que te dejan sin suspiro. Por estar mirándole su culo, me retrasé y cuando llegué al 1º, giré hacia la izquierda por que veía luz, hasta que detrás mio surgió un grito que decía “¿donde estás, ho?”. Por la esquina de la derecha apareció Inma y con una sonrisa me dijo “que es por aquí”. Luego lo entendí, la luz procedía de una habitación con ventanas que tenía apoyada la puerta en el marco y está re-llena de bolsas de basura, en cambio, la oscuridad era producto de los “chúpanos” que estaban cerrados y por eso no entraba la luz. Al girar hacia la derecha, me encontré con un pasillo pequeño con tres habitaciones.

La habitación de la derecha tenia su puerta abierta pero no tenía ventanas y estaba oscura, estaba completamente vacía, estaba de usarse, estaba sucia pero se intuía que se fregaba regularmente. La habitación de la izquierda tenía su puerta cerrada y estaba como el primer día. La puerta tenía un agujero y había otro en el tabique, por donde los atravesaban vueltas de alambre en forma de argollas y con un buen candado cerrado. Y la que estaba de frente, que daba medio pensar quien viviría allí, al ver que había sido reventada con éxito en varias ocasiones. Ginés empezó a abrir la puerta de enfrente para girarse sonriéndome, cuando oyó que se me paró la respiración.

El «chupano» de Conchi empezaba prolongándose con el pasillo y dejando a la derecha la habitación arrendada a Ginés. Más adelante, se veia la habitación de Conchi y Emil, con la ventana por donde Ginés se había asomado a la calle. El «chupano» de Conchi tiene una buena cama, varios tipos de estanterías con ropa doblada encima, una mesa rodeada de sillas y una cocina de carbón vintage al fondo. A la derecha de la cocina vintage hay un cuartito que es el «chupano» de Mirela, una rumana de 40 años que últimamente se sienta con nosotros en el Centro de Día. En el «chupano» de Mirela había una cama de matrimonio de hierro y una ventana que da al patio de luces del edifico. Cuando Mirela me enseñó su «chupano», me asomé por la ventana y vi un hermoso patio rodeado de galerías de madera pintadas de marrón.

Inma se sentó agobiada al lado de Conchi, que estaba tumbada en la cama y encantada de recibir nuestra visita, con Emil ejerciendo de camarero sirviendo cerveza, con Mirela sentada en una silla, con Ginés prosiguiendo en terminar de hacer la comida y yo, que me quedé de pie, hasta que Conchi se burló de mi «por no haberme sentado» y lo hice al lado de Mirela. Emil nos ofreció un vaso de cerveza e Inma lo rechazó, pidiéndole un vaso de agua, “para tomarse las pastillas que le ha recitado su Psiquiatra”. Conociendo el motivo por el que Inma está de los nervios y después de que me comentara “lo apijotada que la dejan”, le aconsenjé “que dejase de tomarlas y que las tirase”. Ginés me dio la razón e Inma le sonrió, a sabiendas del verdadero motivo por el que Ginés quería que se las diera a él. Ginés ha conseguido que Inma no le vea como un drogadicto y ahora solo es un pretendiente pesado, con una sensible damisela que desea dejarse querer por alguien que la haga sentirse protegida. Emil terminó de servir lo que quedaba de la litrona y como Conchi quería repetir, Emil mandó ir a Ginés “a comprar dos litronas más”, quien obedeció a regañadientes “por ser el pringao que le tocaba otra vez bajar”.

El ambiente estaba distendido y relajado hasta que la Conchi presumió que “se había follado a Sadid”, el “okupa” de la puerta de la izquierda. Inma me explicó que “Sadid es un marroquí de 35 años, que bebe mucho, se mete coca y las monta pardas”, a lo que Conchi me añadió mientras la oía hablar, “que folla muy bien”. Esta tarde, Emil recibió “frases hechas” muy gordas de Conchi, cada vez que salió a colofón el nombre de Sadid. Asi hasta que Mirela se rio y Emil empezó a contarnos que “el marido de Mirela se ha marchado hace dos semanas a Gran Bretaña”, ridiculizándola por que “ella se cree que cuando él consiga dinero se lo mandará para pagarle el viaje” y según Emil, “se fue por que ya no lo quiere”. Gines llegó con las litronas de cerveza, justo cuando Mirela se levantó llorando para encerrarse en su «chupano». Con la llegada de las litronas se cambió de tema, hasta que no dio para más e Inma y yo nos fuimos al Centro de Día, donde más tarde llegaron todos ellos.


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