DÍA 22
Existe quien tiene mala suerte y después está lo mio. Un «interno» del Albergue llamado Servando, me pidió por favor que «le ayudase a hacer una mudanza» y cómo es evidente que su salud no se lo permite, me ofrecí a ayudarle. Servando es un drogadicto con unas orejas enormes, de unos 50 años mal llevados, de baja estatura y se encuentra en los huesos, probablemente por tener el SIDA.

Servando es «de una buena familia de Gijón», no solo porqué él lo diga, se aprecia en el gramur aristocrático con el que permaneció sentado contándomelo, en sus ademanes dirigidos a un imaginario mayordomo y al oírle relatar satisfecho, «que se ha gastado todo lo habido y por haber en drogas y en Centros de Desintoxicación», que es normal que haya acabado en un Albergue.
Resulta que Servando tenía alquilado un piso con su novia, de la cuál me enseñó fotos y al ver lo guapa que era, me resultó evidente que estuvo con él por el dinero, hasta hace un par de meses. Este supuesto me lo confirmó acto seguido el propio Servando, diciéndome que «su pareja lo ha abandonado después de haberse gastado todo el dinero, procedente de la herencia de su padre, recientemente fallecido».
Hoy era el último día de plazo que el dueño del inmueble le había dado, «para que retirase todas sus cosas del piso, o de lo contrario, se las tiraría a la basura». Como a Servando le vi que no tenía fuerzas para recoger él solo todas sus cosas y bajarlas después hasta la calle, le he acompañado a su antigua casa y ayudarle en todo lo que pudiese. También quería recuperar la fianza, aunque llevaba dos meses sin pagar el alquiler.
El piso estaba en la calle Cabrales, en un edificio posiblemente construido a finales del siglo XIX y aunque no tenía vistas al mar, está a 200 metros del Ayuntamiento, a 100 metros de la Ruta de los Vinos y a 50 metros de la Escalerona, la escalera más mítica de la playa de San Lorenzo. Subimos y antes de entrar al piso, me advirtió que «lo había alquilado sin muebles y todos los muebles los había comprado nuevos hacía seis meses», el tiempo que duró la relación. Aunque me lo había advertido, cuando entramos, no pude quedarme impresionado con el deplorable estado en el que se encontraba todo, con los muebles rotos o tirados los unos encima de los otros, todas las cosas revueltas y lleno de basura. Sin dilaciones y viendo que no paraba de contarme recuerdos de su exnovia, empecé a empaquetar las pertenencias que quería llevarse y resultaron ser todos ellos artículos de lujo. Con todo ello llené tres maletas. Cuando terminé, Servando llamó al Casero, el cual se presentó en cinco minutos y ya cuando lo vi entrar por la puerta, la cara del Casero me sonaba terriblemente, pero en ese momento no me di cuenta.
Servando, con sus cosas ya recogidas, intentó negociar que «le devolviera la fianza a cambio de los muebles». El Casero le contestó que “ya le debía dos meses, que no quería sus muebles y que él solo quería el piso desocupado para volver a alquilarlo”. Servando me introdujo en la conversación y rompí una lanza hablando «de la nobleza evidente de los muebles», sin tener en cuenta el desastre general en el que se hallaba el piso. Finalmente, el Casero llamó al propietario para que viniese y no di crédito cuando vi entrar por la puerta a Javi. En 1999 estuve trabajando para Javi en el Pub´s Anticuario, mientras hacia mi primer Cursillo de Soldadura en FOREM-Gijón, el cual lo abandoné porqué no podía compaginarlo con el trabajo de camarero. Mi intención era ir a ver a Javi cuando hubiera meditado un poco en todo lo que me ha ocurrido desde mi regreso de Canarias y se repente, me sentí que estaba en la ansiada entrevista, acompañando a un drogadicto que le dejaba el piso echo una mierda, le debía dos meses de alquiler y encima quería que le devolviera la fianza.
Nunca me he podido sentir como un drogadicto, pero como hoy, dudo que me pueda volver a sentirme. Por mi cabeza, lo único que pasaba era que Javi pensase que durante el boom del ladrillo, hubiera acabado en la droga y que todos mis conocidos fueran como Servando. Encima me encontraba allí como su machaca, sin poder gritar que simplemente le estaba ayudando por humanidad y sin poder decirle que en realidad no tenía nada mejor que hacer. Más tarde, llegó Dani, a quien conocí cuando era fregavasos en el Pub´s Gasolinera y ahora es el Responsable de la División de bares de Javi. Pleno total, el responsable de la contratación de personal también era testigo y parecía que llegaba a solucionar el problema del inquilino moroso. Finalmente, tras saludarnos y hablar del pasado, Javi decidió que el Casero, que es su suegro y que paraba por el Pub´s Anticuario a ver a su otro yerno, le devolviese los 500€ de la fianza a Servando, quien no podía evitar tener una amable sonrisa en su rostro. Finalmente bajamos todos a la calle, nos despedimos y acompañé a Servando hasta una parada de taxis, cargando con sus maletas.

Para dejar de pensar en el bochorno que sufrí esta mañana, por la tarde me fui hasta la Biblioteca Publica Jovellanos, en una pequeña calle emblemática de por si, donde también está el Antiguo Instituto inaugurado por el propio Jovellanos y la Basílica-Santuario del Sagrado Corazón de Jesús. Fui por que no me gusta que las monjitas me vean todo el día dando vueltas por el patio, mas que por la cultura en si. Cuando subí al segundo piso, pude comprobar que tenían ordenadores y busqué la noticia sobre el apuñalamiento de la Hermana Marcelina. No he podido dejar de quedarme anonadado por la animalada de la “interna”, acuchillando a la pobre monjita.
Una indigente apuñala en el cuello a una monja del Albergue Covadonga//elcomercio.es//15-02-2010
Sor Marcelina Muñiz se debatía entre la vida y la muerte esta madrugada en el Hospital Central de Asturias
Una monja del Albergue Covadonga, Sor Marcelina Muñiz Pérez, se debatía esta madrugada entre la vida y la muerte tras ser apuñalada en el cuello, al menos dos veces, por una joven que había acudido al lugar a pedir «un plato de sopa». El espeluznante suceso ocurrió momentos antes del inicio del turno de cena, pasadas las ocho y media de la tarde. La joven, aparentemente indigente, perdió los nervios en la cocina del albergue mientras pedía que le diesen de comer y, cogiendo un cuchillo, trató de degollar a Sor Marcelina, una veterana monja que en ese momento estaba cortando jamón para la cena.
Todo ocurrió «de forma muy rápida», según explicó a EL COMERCIO el conserje nocturno de la institución, José Iglesias Madriñán, y la rápida actuación de otros transeúntes «que estaban esperando para cenar» evitaron que la joven se ensañase aún más con la religiosa, que no pudo hacer nada por defenderse de la agresión. Una vez inmovilizada, la joven fue detenida por agentes de la Policía Nacional, que la trasladaron a la cercana comisaría, desde donde previsiblemente será puesta hoy a disposición judicial.
Un equipo de investigación criminalística procedió de inmediato a tomar huellas y todo tipo de pruebas e indicios que puedan aclarar las causas del incidente.
Con mucha rapidez se personaron en el lugar asistencias médicas que, en un primer momento, llevaron a Sor Marcelina al Hospital de Cabueñes, desde donde se decidió su urgente traslado al Hospital Central, toda vez que la gravedad de sus heridas ponía en grave peligro su vida.
Al parecer, a primera hora de la madrugada su estado era «crítico», según fuentes cercanas al servicio médico, y los facultativos se esforzaban por estabilizar a la mujer.
Según explicó José Iglesias, la agresora era ya conocida de la casa, donde «había estado hasta hace unos quince días por el albergue», aunque no se tiene constancia de que hubiese protagonizado incidentes violentos con anterioridad.
Aunque no hay ninguna explicación oficial sobre las causas que llevaron a la joven a agredir a la religiosa, todo apunta a que su pérdida de control se pudo deber a algún tipo de nerviosismo previo y a que no quiso esperar los escasos minutos que quedaban para la cena. La joven no había reñido con nadie con anterioridad a la agresión y, de hecho, se le permitió el acceso al albergue porque antes del incidente parecía estar tranquila.
El control de entrada a la institución es férreo, y se rechaza a aquellas personas que parezcan dispuestas a causar problemas o con un excesivo estado de nerviosismo.
De la dedicación y la abnegación de las religiosas del Albergue Covadonga habla a las claras el hecho de que, pese a lo grave de la agresión, las compañeras de Sor Marcelina completaron el turno de cena para el resto de transeúntes.
Volví al Albergue a las 20;00, la hora de la cena. Cuando entré en el patio y según me vio, Servando se levantó de donde estaba sentado y se dirigió enfadado hacía mi, acusándome delante de todos los presentes «de haberle robado uno de los dos libros de estampaciones», que afirmaba que tenía en el piso. El único que había, tuve que metérselo en la maleta más grande porque no me cabía en ninguna otra. Dado el tamaño del objeto en cuestión, le pregunté “¿cuándo se lo pude haber robado, si estuvimos todo el rato juntos?”, insistiendo en que «se lo había robado». Cuando le pregunté “¿para que quería precisamente un libro de estampaciones?”, insistió en que «se lo había robado», cuando le pregunté “¿dónde creía que lo había escondido?”, simplemente me sonrió. Comprendí entonces, que solo estaba tocándome los cojones y que probablemente ya se había gastado el dinero de la fianza. No me ha importado su calumnia, más he perdido esta mañana. Cada vez que lo pienso y solo de pensarlo, me entra un no sé que en el estomago.
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18-03-10 Permanece el centro cerrado al público desde las 10:40 h. hasta las 11:20 h. debido a que el cupo de personas se encuentra completo. Fdo. Luis
