DÍA 30
Ayer, Timoteo me acompañó en la Sala de la Televisión y cuando el Portero de noches nos iba a apagar la televisión, consiguió convencerle con bien poco para que nos dejara ver el final de la película. Al terminar, nos fuimos a dormir y con la luz apagada nos tuvimos que acostar en nuestras camas para no despertar a los compañeros de la camareta. Cuando esta mañana el Portero de las mañanas nos han despertado y Timoteo vió levantarse de sus camas a los dos nuevos «internos», se volvió loco dando voces indignado y moviéndose como un poseso de un lado a otro de la camareta.
Como todas las mañanas, entró Aurelio con sus «Buenos Días» y encendiéndonos la luz. Todos salimos de debajo de las sabanas y empezamos a levantarnos de la cama. Al principio, Timoteo se hizo el remolón, pero cuando los vio vistiéndose, saltó de su cama gritando que «no pensaba compartir la habitación con inmigrantes», de una forma tan despectiva como pocas veces he oido. Los dos nuevos «internos» son un gigante rumano envuelto en una cazadora de cuero negro, que afortunadamente no dijo nada y un joven marroquí que se llama Ibrahim. El gitano rumano observaba más mi reacción, que era de sorpresa, mientras yo esperaba su reacción, que no ha sido otra que sonreír a Timoteo. Por el otro lado, el joven marroquí se puso tan nervioso que parecía un gato preparado para el ataque de un perro y no le apartaba la vista.
Timoteo no sé porqué dio por sentado que le apoyaría en su racismo, que al escucharme tranquilizarle y comprobar que no compartía su opinión, se fue de la camareta y me quedé hablando con Ibrahim, mientras el rumano permaneció escuchándonos callado. Pensándolo ahora, gracias a Dios que no pasó nada. En verdad, los tres quedamos flipados recién despertados, ellos pensando que había ocurrido algo más grave que su nacionalidad o su religión y yo por que no estoy acostumbrado a verme en semejante situación recién despierto.
Después de lavarme la cara y que todos ellos hubiesen bajado al patio, Timoteo volvió a entrar en la camareta y empezó a contarme que “se había quejado al Aurelio de estar durmiendo con inmigrantes”, quien metió más madera al fuego. Aurelio lleva poco tiempo contratado y aun así, no pierde la oportunidad de hacer relucir su opinión sobre los extranjeros, total, para luego presumir de tener amigas dominicanas. Poco se puede hacer para quitar su punto de vista a un racista, pero con Aurelio me siento indignado en lo que a mi respecta, ya que soy yo, el que está en la misma camareta con los inmigrantes y con un drogadicto con el síndrome de abstinencia. Pese a que subió enaltecido explicándome que «se pasaría por la Oficina de Información al Transeúnte a protestar y además se quejaría a la Hermana Angelita», se diluyó viéndome hacer la cama y bajamos a desayunar.
Quizás sea demasiado inocente, pero si el rumano o el marroquí fueran delincuentes no dejarían de ser malos, ya que no les da ni para vivir y yo me encuentro tranquilo en este aspecto, teniendo todas mis pertenencias guardadas en el maletero del coche y la llave puesta en un cordino alrededor de mi cuello. Otra cosa sería si por la noche se produjese una pelea en la camareta, en este caso, la situación es complicada con la puerta de la primera planta cerrada con llave, el Portero de noches durmiendo en la planta de abajo con la llave y el telefonillo para llamarle en caso de emergencia en la esquina del pasillo. Creo que a los tres les quedó clara mi postura y no puedo evitar pensar en estar envuelto en una reyerta dentro de esta ratonera, con el caso tan reciente del apuñalamiento de la Hermana Marcelina en mi cabeza.
Después del desayuno, Aurelio buscó voluntarios para limpiar el patio y mosqueado con él, le he informado que «en el tablón de anuncios están colgadas las obligaciones del Portero de mañanas, que explícitamente menciona que es él quien debe barrerlo». Le ha parecido simpático mi apunté y lo mejor de todo es que mientras lo seguíamos discutiendo, un «interno» se ofreció a barrerlo voluntariosamente para quedar bien con Aurelio, dejándome a mi en mal lugar ante los ojos de Aurelio, quien no podía disimular su satisfacción. A bien seguro que si este “interno” hubiera sido tan voluntarioso en el pasado, no me lo encontraría aquí. Fue aquí que Timoteo se acercó y respaldó mis argumentos, pero también los de Aurelio, algo que nos desconcertaba a ambos debido a su seriedad cada vez que intervenía en nuestra conversación.
Timoteo y yo nos acabamos sentándonos en el atechado del patio, hasta que apareció la Hermana Asunción por el patio y me acerqué a ella con el pendriver en la mano. «Por favor, ayer repartí todos los Curriculum que la Hermana Marta me hizo y necesitaba hacer mas fotocopias». Esta mañana eché de menos a la Hermana Marta, la joven Monja polaca. Hubiera preferido pedírselos a ella después de lo amable que fue la semana pasada, no solo imprimiéndomelos, sino que además me arregló el problema del doble espacio que hacia de la versión de 2 páginas, me saliera en 3 folios y también cuando me preguntó «¿cuántos necesitas?», haciéndome las 10 fotocopias que le pedí.
La Hermana Asunción, después de esperarla mas de dos horas, me indicó que «la próxima vez que quisiese hacer fotocopias, debía pedírselo a las Trabajadoras Sociales de la Oficina de Información al Transeúnte», quienes a saber si habrán conseguido el dinero para comprar el cartucho de tinta para la impresora. Me dio «los que me pudo hacer» y ni hablar de alinear a la izquierda mis datos personales.
Cuando se marchaba, me pareció que a la Hermana Asunción no le hizo gracia verme que me quedaba en el patio, después de comentarle que «queria repartirlos esta mañana por los polígonos mas allá del barrio de La Calzada». ¿A donde quería que fuese a las 11:30, si comemos a la 13:00?, ¿A hacer el paripé hasta las 13:00? No estaba para paripés y menos después de estar las dos horas viendo pululando a Timoteo por el patio. Antes de que la Hermana Asunción hablase, me justifiqué diciéndole que «necesitaba ropa y me iba a quedar en el Albergue hasta que abriera el Ropero a las 12:00».

Esperando a la Voluntaria, se me sentó al lado Timoteo y estuve escuchando sus tonterías y sus perspectivas rastreras con el Trabajo Social. Me extraña que un drogadicto tenga esa mentalidad infantil, para después venir presumiendo que fue “un perro callejero”. Como Timoteo presume tanto del dinero de su papá y me aseguraba que nunca se vestiría con ropa de segunda mano, le pedí que cuando abriese el Ropero me dejase entrar solo y me aseguró que no entraría. A las 12:00, entró la Voluntaria con un carrito de la compra y esperé 5 minutos antes de levantarme y entrar.
Al entrar al Ropero, me encontré con un mostrador que impide acceder al interior de un almacén alargado. Detrás del mostrador hay mesas repletas de ropa doblada y percheros con ruedas rebosante de ropa colgada. Esperé que la Voluntaria se diera cuenta que había entrado, hasta que finalmente le di los “¡buenos días!”. La Señora se giró y me devolvió el saludo. Le concreté mi motivo para estar allí y me permitió que entrase y buscase lo que necesitase. Empecé timidamente, pero no tardé mucho en darme cuenta que habiendo todo tipo de ropa, apenas encontraba nada que fuese de mi talla. Esta vez no fue como en Oviedo, ni como en Avilés, la poca ropa que había de mi talla, estaba raída o era para salir un domingo a tomar el vermú en plan pastel en un Club de Golf. Intenté con una talla arriba o abajo, pero estaba en las mismas. Le pregunté a la Voluntaria, «si tendría algo de ropa de mi talla», pero solo sirvió para que me sonriese y me comentase la evidencia de que “solo había lo que veía”. Salí del Ropero con una camiseta pequeña por si adelgazase, dos calzoncillos que me quedan estrechos y dos pares de calcetines que los probé, no me servían y los dejé en la Sala de la Televisión por si a alguien les hiciera falta.
Intentando no pensar en todos los esfuerzos que estoy haciendo para nada y mientras esperaba por la tarde a que abrieran el Centro de Día, conocí a todo un personaje. Epifanio es un navarro de 52 años, un ex-Legionario, ex-boxeador, ex-drogadicto, ex-delincuente y ex-recluso, con enfermedades mentales para las que considera que no necesita medicación, agravadas por su ex-alcoholismo y haber dejado de fumar. 1´70 m, 60 kilos, nariz revirada coronada con unas gafas de cubo de botella y varios tatuajes en los brazos de lo mas talegeros. Lo mas destacable de Epifanio es su voz grave, comparable a un grito ronco que absorbe cualquier conversación y las conversaciones que Epifanio inicia son todas sobre temas marginales. Un tipo desagradable a la vista y al oído.
Mientras Arcadio y yo hablábamos de las tonterías diarias del Vigilante de Seguridad Luis, Epifanio nos interrumpió para empezar a contarnos que «antes del segurata había una Enfermera, que dejó de trabajar cuando le rompieron la nariz». Asintiendo a sus palabras, Arcadio me lo confirmaba mirando serio a Epifanio. “Después del incidente, el Ayuntamiento prescindió de la Enfermera y contrató al segurata”. No pude dejar de “cagarme en sus muertos” y Epifanio me pidió comprensión para “el agresor arrepentido, que mezcló pastillas con alcohol y no sabía lo que hacía”. No pude dejar de quedar maravillado ante tanta comprensión de Epifanio. Cuando Epifanio se nos alejó lo suficiente, Arcadio me susurró que “Epifanio y su amigo había sido los que le rompieron la nariz a la Enfermera”. Me quedé perplejo ante el giro que tomaron los acontecimientos en la historia.

Cambiando de historia pero no de tema, a la hora de la cena, un coche patrulla de la Policía Nacional nos trajo a Timoteo al Albergue. No fue para acercarlo, había entrado en un supermercado y aprovechó un descuido de la cajera para robar el dinero que estaba encima de la caja registradora. Así se lo relató un Policía Nacional al Portero Ramón, que fue quien me lo contó a mi. Una vez el coche patrulla se fue, Timoteo terminó de relajarse y empezó a caminar por el patio con sus andares rápidos y sonrisa perenne, nada que ver con lo quieto y sereno que se mantuvo mientras estuvo la policía. Mi compi de camareta estaba totalmente drogado, pero no tanto como para no decírselo a nadie, mas bien con ganas de contarnos su aventura a los presentes. Se hizo con un botín de 2€, respondiéndome así ante mi duda sobre si «¿habían sido mas de 300 €?», quedé atónito escuchándole el resto de su hazaña. No tenia mucho mas que contar, la Policía lo encontró durmiendo en un banco de la plaza del Humedal y lo llevaron a Comisaría porqué no llevaba consigo el Dni. Viéndole, no me lo puedo explicar, ¿cómo pudo drogarse tanto con 2€? Menudo es mi nuevo compi.
Lo mejor de todo es que en el Albergue nadie le dijo nada y eso que creo que hasta él, esperaba que alguien viniese a regañarlo por lo menos, a «expulsarlo» a lo más. Pues parece ser que es verdad, que si estás esperando para entrar en un Centro de Desintoxicación eres un «interno privilegiado». Timoteo es la ostia.
